martes, 15 de febrero de 2011

La regadera


LA REGADERA

Una vez más entré a la regadera, no había sido de mi gusto el mundo pasado. ¡Todo fue tan confuso! Parecía que por fin después de tantos años… bueno, al fin me estaba desvaneciendo.
Lo más gracioso era que por más que intentara cambiar ese asqueroso mosaico lleno de mugre, jamás pude lograrlo. Supongo que fue porque mi mundo era así, igual de hondeado que la cabina vacía en la que me encerraba cada vez que me quería cambiar de dimensión, pero por más veces que me cambiara esa regadera cada vez se ensuciaba más, porque poco a poco me daba cuenta de lo asqueroso que había sido el don que me habían otorgado, o mejor dicho,  lo que había descubierto. Es increíble lo que puedes descubrir tan sólo escapando un poco del mundo real.
En fin, volví a repetir el proceso una vez más. Agua fría, abierta tres cuartos, y la caliente a la mitad. Volví a poner mi cabeza y sentí el alivio del chorro del agua bajando por mi nuca, me encantaba sentir los escalofríos correr por mi espalda.
Dejé por un momento de pensar en los placeres que me producía la regadera, y pensé en el mundo al cual quería ir ahora. No era tan sencillo, bueno, siempre tenía que describir como quería que fuera. No físicamente porque siempre mi casa quedaba igual, mi casa iba a ser la misma, lo que podía cambiar era la situación sentimental en la que las personas habían estado, ¿me explico? Es decir, no podía regresar a nadie de la muerte, lo único que podía hacer, era sumergirme en esa cabina (mi regadera) y pensar en cómo quería cambiar el pensamiento de la gente.
Primero fue con mi familia, pero cada vez se extendía más. Era como una droga que no podía dejar, me refiero a que siempre cambiaba el juicio de las personas hacia mi persona, pero cuando salía de la regadera y convivía con mis nuevos familiares, siempre el teatrito terminaba arruinándose y tenía que volver a entrar a la regadera, algunas veces hasta vestido.
En cada ocasión todo terminaba en un problema más grande donde se involucraba cada vez más y más gente.
Mi hermana había muerto 273 veces, casi todas con un ataque de histeria y suicidándose. Mi madre 456,  me agradaba ese número porque era una secuencia de 3 dígitos. Ella siempre moría llorando y mi padre, mi padre no moría. Algunas veces pedía que existiera y otras no.
Deseé una vez más, salí de la regadera  y como de costumbre las habitaciones de mi casa no habían cambiado. Salí al patio y esta vez mis perros no estaban.
-No quiero más responsabilidades monótonas- dije. Con esto supongo que mis perros no podían existir.
-¿Mamá estás ahí?- Grité fuerte para que me oyera, pero no obtuve respuesta. Quizá esta vez no había aparecido por el tipo de deseo que había pedido.
-No quiero más ruido inoportuno- dije, así que supuse que eso no incluía a mi madre que casi siempre estaba pegada en el teléfono.
Me dirigí a la habitación de mi hermana pero cuando la abrí no habia nadie, tal vez el segundo deseo tampoco la incluía a ella. Pero no, quizá había sido el último, el número tres.
Siempre pedía tres deseos porque no quería confundirme con lo que había pedido. Además me daba una sensación como si me encontrara en una película mágica, como cuando era niño, y ahora se me había quedado como una costumbre.
Mi tercer deseo fue: “No quiero más insultos”. “No más golpes o patadas”. “No más llanto”, entendí por qué no se encontraba mi hermana.
Por ultimo abrí la puerta del estudio de mi padre y también estaba vacío, creo que era obvio. Esta vez no pedí que existiera puesto que el había sido el culpable al arruinar los 3 mundos pasados.
No había nadie… estaba solo. El juego por fin había terminado, mi vicio había cesado, y me dejó con un sabor de boca extraño.
Lo curioso era que ninguno de mis mundos me había producido placer alguno, sólo tenía la necesidad de cambiar mi vida siempre.
Todo había terminado, cada vez eliminé más gente, y ahora repudié a cualquier otra persona que hubiera conocido desde el momento en que nací.
Entré a la regadera. Esta vez no podía ver sus paredes. Todas estaban llenas de moho y de una especie de algas. Fría tres cuartos caliente a la mitad, introduje mi cabeza y dije:
-Ganaste… Ahora quiero morir-.


Ángel Mejía Barrio

LA RATA

Janet llegó a su casa completamente adolorida del cuerpo, habían comenzado con las clases de basketball en su clase de gimnasia y lo único que quería hacer llegando a su casa era tomar un baño y recostarse el resto del día. Llamó a la puerta pero no había nadie, su madre siempre se enojaba si ella abría con sus propias llaves antes de tocar, decía que eso lo podía hacer cuando tuviera su propia casa y que si no tocaba seguramente no le iba a gustar lo que iba a ver. Era una mujer muy cuadrada.
Janet descartó cualquier posibilidad de que su madre estuviera en casa, así que abrió, colocó su abrigo en la mesita rústica que había al lado de la puerta y colgó las llaves en ese porta llaveros ridículo que le había regalado a su madre en su cumpleaños cuando ella tenía ocho años.
Miró el verdoso departamento, suspiro y se dirigió hacia la blanca cocina  para prepararse un bocadillo. El piso de la cocina era de un mosaico molesto y resbaladizo, por lo que ella siempre prefería entrar descalza.  Dejó sus zapatos en la entrada de la cocina y abrió la puerta.
Un olor asqueroso llegó a su nariz, como si alguien hubiera defecado en toda la habitación, pero tuvo que dejarlo de lado cuando por detrás escucho que su abrigo se había caído de la mesita. Corrió para recogerlo y cuando volvió a la cocina el asqueroso olor había desaparecido.
Después de comer,   Janet se dirigió a su cuarto. Odiaba tener que pasar por el grisáceo pasillo que llevaba a la puerta del fondo donde se encontraba su habitación. La razón por la que lo odiaba, era porque estaba lleno de máscaras teatrales con distintos diseños (que Janet consideraba horribles) y que su madre coleccionaba. La que más odiaba era una máscara que tenía las facciones de una rata. Ella padecía de  musofobia y le rogaba a su madre que retiraran esa asquerosa máscara, pero su madre siempre le recordaba que precisamente ésa se la había regalado su difunto padre.
-Gracias papá- dijo irónicamente Janet y abrió  la puerta de su cuarto.
El olor estaba ahí de nuevo, pero esta vez más penetrante  que en la cocina. Janet se tambaleó para salir, pero al hacerlo, se topó con el espejo que había detrás de su puerta y entonces vio su cara volverse granosa y mojada, tenía yagas por toda la cara. Esto provocó que Janet diera un grito aterrador, pero cuando abrió la boca carente de dientes, no pudo producir ningún sonido. Escuchó entonces que su abrigo se había caído de nuevo y esto la distrajo. Cuando miró de nuevo al espejo su visión había desaparecido. Corrió a recoger el abrigo y escuchó como si una cuchara chocara con la olla con la que su mamá preparaba el ponche en Navidad.
Janet se acercó lentamente y abrió la puerta de la cocina. Lo primero que atrajo su atención, fue la envoltura de la sopa instantánea que había comido tiempo antes, lo peculiar era que en tenía inscrita en la envoltura la leyenda: “Bocadillo para ratón”. Janet comenzó a escupir un líquido negro y viscoso y sintió como si estuviera expulsando todas las víceras por la boca. La cosa ésa, tenía el color  y la consistencia del petróleo y podía ver su reflejo en él. Janet se hincó moribunda, el olor era asqueroso, y en ese momento, vio a su madre con un sartén en la mano. Cuando intentó gritar, su madre ya había golpeado su cráneo.
Janet despertó en un lugar que no conocía, pero era claro que estaba dentro de una ratonera, colgada de un gancho, completamente desnuda, y sentía cómo el gancho se clavaba en alguna parte de su cráneo.
-Te dije que no te iba a gustar lo que ibas a ver… pero como siempre Janet, igualita que tu padre, supongo que tendré que castigarte como lo hice con él-.
¿Mamá?, ¿eres tu mamá?- suplicó Janet a gritos escurriéndole fluidos por la nariz.
Comenzó a gritar furiosa cuando vio que lo que se acercaba hacia ella era una rata corriente que medía mas de 5 m con los ojos amarillos y de un color gris, muy parecido al color que tenía la mascara que odiaba. Janet trató de zafarse pero todos sus esfuerzos fueron inútiles.
-Sólo te pedí que tocaras la puerta Janet-. Dijo la rata con voz diabólica.
Y antes de que la joven pudiera gritar más, la gorda y asquerosa rata abrió su largo hocico dispuesta a comérsela.
-Te dije que tocaras la puerta-, escuchó Janet a lo lejos antes de desmayarse.


Ángel Mejía Barrio