LA REGADERA
Una vez más entré a la regadera, no había sido de mi gusto el mundo pasado. ¡Todo fue tan confuso! Parecía que por fin después de tantos años… bueno, al fin me estaba desvaneciendo.
Lo más gracioso era que por más que intentara cambiar ese asqueroso mosaico lleno de mugre, jamás pude lograrlo. Supongo que fue porque mi mundo era así, igual de hondeado que la cabina vacía en la que me encerraba cada vez que me quería cambiar de dimensión, pero por más veces que me cambiara esa regadera cada vez se ensuciaba más, porque poco a poco me daba cuenta de lo asqueroso que había sido el don que me habían otorgado, o mejor dicho, lo que había descubierto. Es increíble lo que puedes descubrir tan sólo escapando un poco del mundo real.
En fin, volví a repetir el proceso una vez más. Agua fría, abierta tres cuartos, y la caliente a la mitad. Volví a poner mi cabeza y sentí el alivio del chorro del agua bajando por mi nuca, me encantaba sentir los escalofríos correr por mi espalda.
Dejé por un momento de pensar en los placeres que me producía la regadera, y pensé en el mundo al cual quería ir ahora. No era tan sencillo, bueno, siempre tenía que describir como quería que fuera. No físicamente porque siempre mi casa quedaba igual, mi casa iba a ser la misma, lo que podía cambiar era la situación sentimental en la que las personas habían estado, ¿me explico? Es decir, no podía regresar a nadie de la muerte, lo único que podía hacer, era sumergirme en esa cabina (mi regadera) y pensar en cómo quería cambiar el pensamiento de la gente.
Primero fue con mi familia, pero cada vez se extendía más. Era como una droga que no podía dejar, me refiero a que siempre cambiaba el juicio de las personas hacia mi persona, pero cuando salía de la regadera y convivía con mis nuevos familiares, siempre el teatrito terminaba arruinándose y tenía que volver a entrar a la regadera, algunas veces hasta vestido.
En cada ocasión todo terminaba en un problema más grande donde se involucraba cada vez más y más gente.
Mi hermana había muerto 273 veces, casi todas con un ataque de histeria y suicidándose. Mi madre 456, me agradaba ese número porque era una secuencia de 3 dígitos. Ella siempre moría llorando y mi padre, mi padre no moría. Algunas veces pedía que existiera y otras no.
Deseé una vez más, salí de la regadera y como de costumbre las habitaciones de mi casa no habían cambiado. Salí al patio y esta vez mis perros no estaban.
-No quiero más responsabilidades monótonas- dije. Con esto supongo que mis perros no podían existir.
-¿Mamá estás ahí?- Grité fuerte para que me oyera, pero no obtuve respuesta. Quizá esta vez no había aparecido por el tipo de deseo que había pedido.
-No quiero más ruido inoportuno- dije, así que supuse que eso no incluía a mi madre que casi siempre estaba pegada en el teléfono.
Me dirigí a la habitación de mi hermana pero cuando la abrí no habia nadie, tal vez el segundo deseo tampoco la incluía a ella. Pero no, quizá había sido el último, el número tres.
Siempre pedía tres deseos porque no quería confundirme con lo que había pedido. Además me daba una sensación como si me encontrara en una película mágica, como cuando era niño, y ahora se me había quedado como una costumbre.
Mi tercer deseo fue: “No quiero más insultos”. “No más golpes o patadas”. “No más llanto”, entendí por qué no se encontraba mi hermana.
Por ultimo abrí la puerta del estudio de mi padre y también estaba vacío, creo que era obvio. Esta vez no pedí que existiera puesto que el había sido el culpable al arruinar los 3 mundos pasados.
No había nadie… estaba solo. El juego por fin había terminado, mi vicio había cesado, y me dejó con un sabor de boca extraño.
Lo curioso era que ninguno de mis mundos me había producido placer alguno, sólo tenía la necesidad de cambiar mi vida siempre.
Todo había terminado, cada vez eliminé más gente, y ahora repudié a cualquier otra persona que hubiera conocido desde el momento en que nací.
Entré a la regadera. Esta vez no podía ver sus paredes. Todas estaban llenas de moho y de una especie de algas. Fría tres cuartos caliente a la mitad, introduje mi cabeza y dije:
-Ganaste… Ahora quiero morir-.
Ángel Mejía Barrio